Pequeños actos de escapismo

Mi hermano lloraba frente a la ventana. Yo me asomé para observar el motivo de sus lágrimas. Mi padre discutía con mi madre entre manoteos y dramas. Era víspera de año nuevo, pero nuestro raquítico árbol de Navidad no resguardaba regalos ni tenía luces que encandilaban a la felicidad
El Puskas, que era un perro pulguiento, dormitaba debajo de la mesa. Mi jefa entró y azotó la puerta, luego se encerró en el baño y sus sollozos nos cimbraron para siempre. La última imagen que tengo de Antonio es esa ligera pausa, como en cámara lenta, que hizo para encender un cigarrillo antes de dar la vuelta en la esquina sin molestarse en mirar atrás. Yo no hice gran cosa. Sólo me senté y permanecí contrariado. No abracé a mi hermano, no le pregunté a mi madre si estaba bien, como tampoco acaricié al perro. Me quedé inmóvil. Mi hermano seguía llorando y los mocos se le escurrían hasta la boca. A mis siete años el mundo me abofeteaba de una manera insana. Entonces entró corriendo mi hermana, emocionada, pidiendo que fuéramos con ella a ver aquel "circo que está desfilando". Corrimos a la avenida. Y tres payasos hacían malabares. Y un león de segunda mano bostezaba dentro de una jaula que le quedaba chica. Y un elefante nos parecía un espectáculo majestuoso. Y una amazona de peinado rebuscado y botas blancas me sonrió desde aquel caballo amaestrado. Yo hubiera querido que bajara de allí, que me tendiera la mano y que me alejara para siempre de aquellas calles grises, de esa vecindad astrosa, de la miserable existencia que me heredó mi padre. "¡Miiiira, un changuiiiito!", la sorpresa de mi carnalito me devolvió a la realidad. Y el chimpancé hacía gestos simpáticos, que alegraban a mis hermanos. Claudio recuperó la sonrisa. Nadia aplaudía. Yo dije adiós con la mano a la pequeña caravana. "Niños y niñas, los esperamos; traigan a sus papas", era la frase más recurrente por el altavoz. Algunos chavitos corrieron tras ellos. Tomé de la mano a mi hermana y ella agarró a mi carnal Regresamos a casa. El Puskas corrió a nuestro encuentro, moviendo la cola. Mi madre estaba tirada en la cama, inmóvil, y su mirada me pareció el presagio de una tristeza que nunca sanaría por completo. Entonces se me ocurrió la mejor idea del mundo para alguien que acababa de entrar a la primaria: Ya sé qué le voy a pedir a los Reyes Magos. ¡Un changuito! Y así lo puse en mi carta: "Queridos Reyes Magos. Quiero que me traigan un changuito como el del circo, porque es muy divertido y hará reír siempre a mis hermanos". Mi hermana Silvia despertó y comenzó a chillar. "Dale la mamila a tu hermana", mi madre ordenó a Nadia, que fue a la cocina y regresó con el biberón. Por las noches mi madre sollozaba y yo tardaba en conciliar el sueño. Llegó el seis de enero y junto a mi zapato sólo había una pelota de plástico que a mí me pareció espantosa. Busqué con la mirada y supe de inmediato que los Reyes Magos me habían fallado. No habría ningún changuito que bailaría para nosotros. Y la alegría sería material escaso de por vida. Siempre que despido al año viejo, rodeado de mi familia, recuerdo aquella escena en que mis camalitos reían y aplaudían al paso de aquel circo memorable. Mucho tiempo soñé con volverme mago, pero el escapismo siempre ha sido un oficio solitario. Y no, yo no puedo, no, abandonar a mis hermanos. Aunque me he vuelto experto en pequeños actos de ilusionismo: cada historia, cada recuerdo, es una forma de desaparecer la tristeza. No hay conejos en la chistera, ni mascadas voladoras, pero sí sobran motivos para celebrar que los Dioses han sido espléndidos conmigo. Aunque este pinche año haya sido un viaje cuesta abajo. Aunque haya visitado algunos infiernos y me costara reunir los pedazos de mi alma fragmentada. Siempre habrá una mirada cálida, infinidad de abrazos, la bendición de mi madre, la sonrisa de mis hijos, el afecto de mis hermanos, las caricias de una mujer buena, esperando a que yo sane por completo. Y cada vez falta menos. Aunque el 2010 prometa incertidumbre, no haré recuento de deseos; haré una lista de compromisos. Y entonaré una rolita de Bunbury: "Me gustaría poder girar como un carrusel/ seguir la corriente y cruzar el puente/ de la incomunicación y saludar desde el balcón/ sonriendo como los artistas en las revistas del corazón/ Me gustaría celebrar y brindar por la Navidad/ vacaciones en familia y prepararles la comida/ una barbacoa al sol y tarde de televisión/ Pero ese no es mi estilo y es tarde ya para cambiar y…./ Me gustaría continuar una saga milenaria/ pero formo parte de una generación espontánea/ que se defiende mejor en el cara a cara/ en el cuerpo a cuerpo y tiempo al tiempo".
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








