Voy a pedirte que no me nombres

A Dalia le gustaba mi desenfado. "Hola, ¿sabes que te quiero mucho? Ojalá nunca pierdas tu sentido del humor, porque eres genial", me mandó un mensaje de texto. No voy a negar que me halagó. "Aunque quiera, no puedo renunciar a lo que soy. Yo también te quiero y te extraño", contesté por la misma vía.
Días después sonó mi celular. Número desconocido. "Hola, ¿cómo estás?", la voz de Dalia me sorprendió. "Bien, bien", soné estúpidamente confundido. "Sí, soy yo, Dalia", se burló antes de aclarar que me marcó "del número de una amiga porque ya no tengo crédito". Ah, que bien, bueno, algo por el estilo respondí. "Oye, estamos echando chelas en Los Canallas", indicó, "lánzate, ¿no?" Yo estaba ocupado. "Mmm, no lo sé, es que sigo trabajando", pretexté. "Ay, no seas sangrón. Bueno, nosotras vamos para largo. Ojalá te animes" y se despidió. Ya tenía rato que habíamos tronado, pero aún recordaba su forma de abrazarme después de hacer el amor.
Bueno, eso de hacer el amor es un decir porque nos impulsaba la lujuria. Y sus senos me enloquecían. Y su lengua en mi entrepierna. Sus labios húmedos me provocaban delirios, aun en sueños. Había algo delirante en su manera de gemir. "Te amo, te amo" murmuraba después de todo. Y yo solía decir, de vez en cuando, "entonces ya somos dos" y hacía una pausa, "porque yo también me amo". Era un viejo chiste pero ella reía: "Eres un bobo".
-O-
Llegué a Los Canallas con una expresión de duda. Una vieja algo ebria me confundió con alguien: "Estamos al fondo, bue... bueno, allí está Melanie". La observé con desdén. "¿Melanie?, ¿en que teibol trabaja?", solté sin tacto. Hizo una mueca ridícula. "¿Eh?, ¿qué dijiste?", me llegó el olor a cerveza. "Qué las únicas Melanies que conozco son furcias", obvio, la vieja reprobó en castellano elemental. "¿Furcias?, ¿qué, eso qué?" trató de sacar un cigarro de la cajetilla pero se le escabulló. "No importa, allí está Melanie" y señaló al fondo. Yo visualicé a Dalia, de espaldas. Me paré frente a la amiga y extendí la mano: "Me permites esta pieza". Sonaba algo de Moby, creo.
La tipa pensó que estaba frente a un idiota. Y no andaba tan errada. Así que me ignoró con un aire de suficiencia. Dalia reaccionó y fingió sorpresa: "¡Holaaa!, qué haces por aquí". La fulminé con los ojos. "Vine a certificar que no sirvan alcohol adulterado", le guiñé un ojo y añadí "porque me conseguí un trabajo redituable, en el que puedo extorsionar a medio mundo". Ella se paró y me abrazó como si yo fuera a pagar la cuenta. Restregó sus senos en mi pecho y me besó en el oído. "Bobo, eres un bobo", eso me sonó familiar. Dalia me presentó como "el único hombre al que le he rogado". ¿Cuándo? Pinches viejas, cuando beben creen que todo lo que piensan es algo que han concretado. Me senté y la amiga cambió de actitud. "¿Así que tú eres Roberto?", su mirada brilló. No sé que le habrían contado de mí, pero supuse que era algo a mi favor. "Pero no soy el mismo Roberto de antes", advertí, "ahora soy peor". Se carcajeó y de pronto miró a mis espaldas. Era la vieja con la que me encontré a la entrada. "Melanie te anda buscando", me advirtió. La contrariedad duró unos segundos, busqué en mi bolsillo: "Dale mi tarjeta y dile que me llame en horas hábiles". La tomó y dijo una estupidez: "¿Y para qué quieres que se la dé?". Vale madres. "Para que al menos sepa ni nombre, mujer", expuse. En ese momento llegó un tipo y la jaló como si ella estuviera coqueteando conmigo. Le arrebató mi tarjeta y la rompió. Total, tengo muchas.
-O-
Dalia y su amiga estaban divertidísimas. "Mira nada más", Dalia sacó su malicia, "apenas te vas sentando y ya tienes candidatas". La ignoré y llamé al mesero. Ron con coca. "Vaya, cambiaste de look", Dalia estiró el brazo y me acarició el cabello. "Tanto que te rogué que te lo dejaras crecer y nunca me hiciste caso", se quejó. Le guiñé un ojo. "El amor es una revolución", inventé.
"¡Naaaaa!", exclamó, "tú no eres de los que se enamoran". Mmta. Bien que me conoce. "Te ves muy bien", reconoció Dalia. "Me siento muy bien", fue mi réplica. Y que regresa la ebria de antes con otra chava: "Oye, te traje a Melanie" y me presentó a una güera de peróxido. "Hola", saludé, "yo soy Roberto y no el sujeto que tu amiga cree que soy". Estaba en lo cierto. "Creo que mi amiga ya está borracha, así que discúlpanos", parecía apenada. ¡Mi vida! "No te preocupes, no hay problema, nosotros también beberemos más de la cuenta" y le mostré mi sonrisa más pícara. Melanie jaló a su amiga y me hizo adiós con un ademán. Dalia se frikeó. "Pinche Roberto, no te pases, vienes con nosotras, deja de coquetear". Ah, chingá. "Dalia, por favor", clavé mis ojos en los suyos, "no me jodas, que ya no somos nada. Y no llegamos juntos, yo llegué por mi cuenta".
Me odió como antes. "Ay, bueno, entonces no te sorprenda que me vaya con el guapo de esa mesa" y lo señaló. "Por mí puedes acostarte con quien quieras y hasta completar un trío con tu amiga", hice una pausa, "pero asegúrate de que él use condón. No querrás tener una versión en miniatura de un idiota completo". A mí me daba lo mismo, sólo molestaba. Y se indignó: "¡Eres un idiota! ¿Por qué viniste?". ¿Porque es uno mis bares favoritos?, ¿porque casi me suplicaste?, ¿Porque prefiero estar aquí que viendo al presidente dar mensajes insípidos en la tele?, ¿porque Melanie no tarda en irse conmigo? Al final me largué solo, pero mientras caminaba por la calle de Regina tarareaba algo de Andrés Calamaro: "Ahora igual que antes/ puedes para siempre/ odiarme por un rato más./ Puedes olvidarme para toda la vida,/ olvidar que también hubo alegrías;/ pero si prefieres quedarte con años que olvidaste,/ entonces, voy a pedirte no me nombres,/ para siempre, no me nombres".
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








